Luciernagas...

Este es un cuento que escribí para un concurso de literatura infantil. Aún así, aun me falta mucho por escribir como alguien profesional (fue por eso que no gane). Le echo ganas supongo, quería compartirlo en este blog. Ojalá les guste. Esta inspirado en mi infancia.

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Nadie imaginaria lo que una madre y una niña pueden esconder. Muchas veces pensamos que lo inusual supera la belleza de lo casual. Cuando es en realidad en lo cotidiano, donde se disfraza el misterio que guardan las cosas. La realidad debería superar a lo ideal. Lo realizable es lo palpable, sin embargo no se puede dejar de vivir sin un sueño…
Así fue como le pasó a Tzintli, quien vivía sin ilusiones y en realidad estaba muy acostumbrada a lo cotidiano. A lo duro, a las desilusiones de la vida. Su madre, una pobre mujer que se desvivía trabajando para ofrecer una vida digna a su hija. Trabajaba dobles turnos y en las noches debía ir a una maquiladora para fungir como mujer de limpieza algunas veces. Su padre, un simple obrero. Amaba a su hija. Sin embargo, tenía algunos problemas con sus emociones y temperamento. Era fácil hacerlo enojar y cuando esto pasaba grandes discusiones tenían lugar dentro de su casa. La pequeña niña bien sabía cuando su padre se encontraba al borde del colapso, y era ahí donde el temperamento e ira, se apoderaban de él. Sus ojos se llenaban de venas rojas, su semblante se endurecía (la niña, bien podía notar las transformaciones del enojo). Su voz pasaba fatídicamente de dulce a trémula, e inevitablemente sus puños se cerraban de forma irrevocable.
Para Tzintli (quien odiaba los gritos) esto era alarma suficiente para hacerla huir, obligándola a esconderse. Y era ahí, bajo su cama, donde se inventaba historias fantásticas motivadas por los cuentos que su madre recitaba junto a ella en las noches. No tenía otra opción, se dice que nos escondemos cuando tenemos miedo a lo desconocido, y así era para
ella, la pequeña temía por las reacciones de su padre, que cuando era invadido por la ira, tomaba acciones y formas desconocidas las cuales jamás lograba comprender.
Su madre siempre le decía que se escondiera bajo la cama:
-Ocúltate – decía- ya pronto se le pasará. Piensa en cosas bonitas.
Y Tzintli pensaba en las historias que su madre inventaba cada noche; parte mito, parte realidad… y parte de su propia infancia. Dichas, eran en verdad fantásticas, hubieran resultado un libro de cuentos grandioso (Tzintli siempre lo pensaba, la admiración hacia su madre era inconmensurable). Lamentablemente la madre no sabía leer, tuvo que someterse a las banalidades de una vida en verdad difícil. Y como una cosa lleva a la otra, sin saber leer, mucho menos sabía escribir. Aunque esto último jamás la detuvo para crear en su cabeza las más grandiosas historias.
Y es que con sus cuentos, la madre, intentaba consolar la vida de carencias a la que debía de someter a su hija. La amaba como solo una madre puede hacerlo, claro que fue resultado del amor que le tenía a su esposo, una consecuencia que había sido en verdad hermosa. Sin embargo, a estas alturas de la vida, detestaba compartirla con él. No podía hacer realmente cosa distinta, desde niña le enseñaron a respetar la voluntad del hombre. Ella, al ser una mujer, debía procurar el bienestar de este a toda costa. Una voluntad que se debe de cumplir al pie de la letra ¿Quién sería tan valiente como para atreverse a romper tal costumbre tan rígida? Ella entendía tales circunstancias y se sometía cabizbaja a la pobre realidad. Por ello pensaba, que con historias fantásticas, podría lograr que Tzintli creyera en un mundo mejor. En una vida mejor.
Cierto día Tzintli, sentada en su humilde cocina (observando el orden que imponía su madre cada día) preguntó pensativa a aquella, si el universo alguna vez tenía algún fin. Acababa de ver a los astros en clase de geografía, y no podía dejar de pensar en lo que estaba más allá de aquello que podían ver sus honestos ojos. Su madre, quien conocía poco de la vida, le contestó tiernamente:
- El universo es como los números hija, no tienen fin.

Tzintli no encontró satisfacción en esa respuesta, su padre todo el tiempo presumía de quererla “Hasta el fin de los números”- Léase con sarcasmo-.
Para Tzintli el amor era igual de misterioso que el universo, pues creía, el amor era inalcanzable. Un estado lejano.
Tras meditar mil veces la respuesta de su madre, no podía más que imaginar donde estaba exactamente ese dichoso “fin de los números”. Si algún día lo encontraba, quizá y solo quizá, encontraría el fin del universo, y por consiguiente, al amor de su padre.
La niña, en verdad se cuestionaba ferozmente varias cosas del universo. No podía comprender cómo es que nadie estaba tan interesado como ella. Incluso, una vez en la escuela, le había dicho a su amigo Jorge todas estas inquietudes. El niño, solo pudo burlarse de ella (como suele suceder) y le dijo cruelmente: La mejor parte es que no vas a vivir para poder saberlo. Esto enojó infinitamente a Tzintli (que se tomaba muy en serio estos cuestionamientos). ¿En verdad no existía nadie que se haya preguntado dónde terminaba el universo? Habiendo tantas estrellas ¿Por qué nadie había intentado alguna vez ir a
alguna? Sabía que las estrellas eran fuego ¿Pero alguien alguna vez trató de llegar a alguna? Pensó y pensó, y jamás pudo darse una explicación coherente, no podía ser la única que lo creía así.
Así bien, frustrada por dichas preguntas sin respuesta, se vio orillada a sentir un pánico indescriptible. Concluyó pues -con todo el pensamiento coherente que una niña podía poseer- que si no sabíamos dónde comenzaba el universo ¡Este podía terminarse en cualquier momento!
Posterior a estas fatalidades, Tzintli, presa de sus temores fatídicos, no pudo evitar soltar un grito desgarrador en nombre de la humanidad que vivía en este universo finito. ¡Pobres almas tontas! Ojala le hubiera hecho caso su amigo Jorge, ahora todo estaba perdido, “Pobres almas ¡perdido! Pobres almas ¡Caos!”, pensaba la pequeña, casi al borde de colapso:
- Tzintli ¡qué ocurre! – Grito su madre cuando intervino en el cuarto de la niña. Viendo que no pasaba nada, continuó su regaño con un gesto intranquilo- Me has sacado el peor susto de la vida << Irónicamente, es lo que casualmente dicen las madres en la infancia, cuando en realidad, el peor susto de la vida es la adolescencia>>
- ¡Mama! El universo va a terminar, corre, grita, escóndete – dijo ingenuamente cubriéndose la cabeza con sus pequeñas manos. Imagine el lector su voz como la más inocente y pura, tanto así, que cualquiera se enternecería con tal timbre infantil, y mucho más con los ojos de horror que afirmaban tal desgracia
- - ¡Huye, patalea, cúbrete!- no dejaba de gritar.

Como todas las madres (aunque sabía la niña no estaba tan equivocada) se echó a reír por la ingenuidad de su hija. Entre abrazos y besos, intento calmarla (lo cual fue una empresa difícil, sabiendo el lector la situación de pánico sobre la que navegaba).
A pesar de los mencionados intentos, esta no dejaba de delirar. Cuando se cumplen los 8 años, no hay forma aceptable de tranquilizarse con los pensamientos propios, todo lo desconocido es razón suficiente y justa para tenerle miedo (como he dicho más arriba).
Tras alegatos entre adulto y niño (que no desea el lector conocer), la madre le convenció de tranquilizarse cuando propuso encarecidamente, contarle una historia acerca del universo. Tzintli, víctima de la gran admiración hacia sus fabulas fantásticas, fue fácilmente seducida por la idea, aunque su madre le hizo prometer que jamás volvería a pensar así del universo tras escuchar su historia. Amenizando la promesa, la madre le dijo la siguiente frase:
- Nunca vas a poder comenzar a vivir, si te escondes o huyes a lo desconocido. La verdad está escondida bajo la piel de lo más sencillo. ¿Recuerdas la luciérnaga que vimos la otra noche sobre el lago?

Con toda la atención posible, la pequeña solo movió la cabeza afirmativamente. Agudizando con ansia los oídos, para no perderse ninguna parte de la historia.
- Muy bien, ahora que veo me has puesto atención comenzaré mi relato:

“Las luciérnagas que has visto en nuestro lago, no son solo bichos que revolotean engreídamente, son en realidad polvo de estrella.
-¡Polvo de estrella! - Dijo Tzintli- Pero yo vi en mi clase de geografía que las estrellas son…- y la madre la interrumpió con un fulminante:
- ¡SHHH! Déjame terminar mi relato ¡Nada me importan tus clases! Ejem, ejem. como decía – Dijo la madre a Tzintli, con la mirada más inquisidora que el lector pueda imaginar:
“Las luciérnagas, se esconden bajo ese disfraz, temiendo ser descubiertas por los humanos. Las pobres, no son más que los restos, de aquello a lo que varios llaman: Cometas. Estos cuerpos luminosos – continuó tentativamente- lamentablemente, surcan nuestros cielos como condena. Cuando los vemos, el espectáculo es hermoso y nos llena de dicha, pero para ellos, es un castigo que deben cumplir, tras haber sido antes una hermosa y grande estrella. No es justo, sé que debes de pensar ¿Por qué algo que fue capaz de brillar durante tantos años debe morir viviendo? O mejor dicho, nacer de la forma más bella, para solamente comenzar a morir a la deriva- No recordaba donde lo había escuchado pero funcionaba para la historia-. El universo es un viejo sabio, y nunca debes cuestionarlo, pero como puede llegar a ser tan terminante, también puede llegar a ser permisible. Es por ello que cada cierto tiempo, los cometas- o más bien, las estrellas muertas- surcan muy cerca de nuestro planeta, dejando tras de sí pequeños polvos (las luciérnagas que vemos). Estos pequeños polvitos toman vida propia aquí en la tierra, haciéndose de
su propia luz y danzando sobre el agua para distinguirse de nosotros, los terrestres. Y por más sorprendente que parezca, las luciérnagas, son solo hijas perdidas de las estrellas viajeras. Han sido abandonadas a su suerte, sobre los planetas. Todo esto, para después reencontrarse con aquellos seres viajeros, cada 150 años. Una promesa de retorno al universo, una promesa de amor. Cada vez que un cometa regresa a reclamar sus hijas, nos deleita con lo fugaz de su visita.
Como puedes saber- por que las hemos visto en nuestro lago querida hija- En la lista está la tierra, y gracias a su belleza azul, las estrellas se ven tentadas a iluminarnos. Son esas motitas de luz coloridas, las que se desplazan todas las noches sobre el terrenal cielo nocturno que podemos contemplar […]
La madre, tras el relato, pudo contentarse al sorprender a su hija entrecerrando los ojos. Como siempre, la pequeña había sucumbido ante sus fantasías. Este gesto adormilado y feliz, sobre el rostro de la niña, fue justo el que provocó un recuerdo fraternal sobre la madre, cuando esta, la intentaba dormir de recién nacida. Contarle cuentos o historias, era muy similar a cuando la arrullaba. Un confort maternal, que solo ella podía darle. La acurruco, y la cobijo, y esperó a que esta durmiera profundamente, feliz de que su propósito como progenitora hubiera sido cumplido.
Al día siguiente, Tzintli no se sentía en definitivo asustada. Al contrario, ahora el universo le resultaba la cosa más extraordinaria (a la que ya había dejado de tenerle miedo). No podía quitarse de la cabeza la fabulosa historia de su madre, tenía que verlo. ¡Tenía que volver a contemplar la alegría de las luciérnagas estelares! ¿Qué se creían? ¿Por qué solo ellas podían brillar con luz propia?- se preguntó molesta- ¿Qué podía hacer ella para poder convertirse en polvo de estrella?
Ahora nuevas preguntas la aquejaban, tal vez mucho más apremiantes que las originales. Con la historia de su madre, veía todo más posible. Tal vez, si lograba convertirse en luciérnaga, podría viajar junto a los cometas a través del universo, conocer si en verdad había algún fin, o descubrir sus magnitudes. Estas y otras inquietudes taladraban su cabeza, no podía estarse en paz si no iba en busca de la verdad. Su madre le dijo que no le tuviera miedo a lo desconocido, y eso era exactamente lo que iba a ser: Enfrentarlo.
Salió una mañana de domingo muy decidida hacia aquel mencionado lago. Era sobre este donde se solían posar aquellos misteriosos seres. Iba completamente preparada, llevaba, ropa, leña, comida, cobertores y otras cosas de viaje que no son necesarias de mencionar. Estaba convencida de que lograría viajar al universo ese mismo día. Contempló el oscuro lago con ojos de optimista, su pequeño rostro se iluminaba de ilusión. Si fuera una luciérnaga ¿dónde estaría en estos momentos? – se preguntaba incansablemente-. Conforme el sol se ocultaba, las estrellas a su vez, hacían lo contrario. Dilucidando su presencia con luces centelleantes blancas (tal y como las conocemos: lejanas e intermitentes). Confundida, pensó, que el reflejo de su luminosidad, eran sus anheladas luciérnagas. Pronto abandonó tal idea tan delirante, cuando descubrió al reflejo de estas
inmóvil. ¿Acaso su búsqueda había sido en vano? Esperó y esperó, y no había rastro ni mención de estos bichos luminosos. Las motitas de luz se negaban a ser presenciadas, y la pequeña, comenzaba a sentirse tonta ¿Por qué había creído el cuento de su madre? Quizá solo lo había inventado para tranquilizarla.
Todas sus esperanzas comenzaban a verse aplastadas, cuando de pronto, observó un halo de luz proveniente del lugar menos esperado: la superficie del lago. Se movía zigzagueante-mente, y amenazaba con acercarse a la niña. Nunca había visto algo similar, y se llenó de miedo nuevamente. Quería ver motas luminosas, no luces submarinas y extrañas. Quiso correr, pero no dejaba de pensar en lo que le había dicho su madre: “… encontrar la verdad era enfrentarse a lo desconocido”. Creyó fielmente en esta idea, cuando entonces, vio ascender al cielo aquel rayo zigzagueante ¿Qué estaba pasando? ¿Las luciérnagas también viven bajo el agua? ¿Es ahí donde se esconden en el día? Las preguntas aumentaban, y esto irritaba infinitamente a Tzintli, cuando al mismo tiempo tal enojo, era desvanecido tras la curiosidad y asombro inevitable, que conllevaban todas sus dudas. Así fue como finalmente, y sin previo aviso, su larga espera cobró resultado. Tal como había visto la primera, vio la segunda, y así sucesivamente. Pronto, su vista se nubló con todos aquellos seres que anhelaba contemplar.
No sentía ya su cuerpo, el frío apremiaba su curiosidad humana. Era momento ya de regresar a casa, pero Tzintli no podía evitar estar encantada con tal espectáculo luminoso. Contemplaba con un asombro insólito todas aquellas motas de luz, quería volar, quería viajar con las estrellas, en ese momento no había cosa que deseara más. Las luciérnagas comenzaban a formar figuras hermosas, proyectando sobre los ojos de la niña las formas
más perfectas que jamás hubiese podido contemplar. Tzintli, comenzaba a sentir como era incluida en ese baile, como si sólo ella fuera la única privilegiada de ser testigo en tal fenómeno. Se entregaba así, devotamente, al rito celestial.
Parada frente a todas ellas, sin pestañar y sin mover ni un solo músculo. No sabía a ciencia cierta, si era el frío, o sus ganas de pertenecer a su pequeño mundo. Se quedó de igual manera, absorta durante toda la noche. A través de todo el “baile”, a través de todo el “ritual cósmico”. Feliz, podía sentir como su cuerpo se desintegraba y comenzaba a convertirse en polvo, para unirse finalmente al viaje de sus celestiales amigas. No había cuerpo que levitara, solo muchas partes de ella misma que habían encontrado su camino. Antes de volar, no sintió miedo, era capaz ahora de comprender los grandes misterios que encierra el universo. Se río de sí misma, más cuando vio un cometa lejano surcar el cielo, su amigo Jorge estaba muy equivocado…
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La madre entró en una especie de colapso momentáneo, cuando al regresar del trabajo nocturno, no encontró a Tzintli por ningún lado. Busco por todos lados, bajo la cama, las cobijas, la mesa, el baño, las cortinas, el armario, la cocina. No había ya rastros de su hija. No podía pensar ni siquiera que la niña estaba con su marido, este se había ido desde hace varios días al extranjero, ella misma lo había visto partir.
Desesperada y sin remedio, comenzó a llorar desconsolada, abrazando la almohada de la pequeña niña. ¿A qué clase de madre se le podían perder sus hijos? Se culpó a si misma millones de veces, rechazando la idea de no volver a ver a su pequeña hija. Y mientras las
lágrimas se derramaban sobre su rostro, reflejando la peor de las desesperaciones, posó su vista sobre el último dibujo hecho por la niña. Tomo el trozo de papel arrugado entre sus manos, se limpió inquietamente las lágrimas, y contempló aquel con extrañeza.
El dibujo, contenía una serie de luces amarillas, que flotaban sobre un lago azul oscuro. Tenía frente a sus ojos la respuesta. ¡Su hija había ido al lago del pueblo! Se puso de inmediato el abrigo y salió en su búsqueda. Corrió y lo rodeo mil veces, pero todo esto sin éxito: la pequeña no estaba por ningún lado.
Buscó y buscó hasta que sus ojos se nublaron, tenía un pavor indescriptible, cuando creyó que quiza su pequeña se podía haber ahogado. Creía que todo era su culpa, ella misma le había contado la historia. No dejaba de pensarlo, una y otra vez, repasando el terrible error que había cometido. No podía volver a perdonarse. Se tiró sobre la tierra desconsolada y rompiendo en un llanto desgarrador.
La madrugada, transcurrió rápido, y cuando los primeros rayos del sol aparecieron, con ellos la esperanza de la madre. Era un nuevo día, quizá Tzintli había regresado ya a casa con una excusa tonta, la regañaría fulminantemente y todo acabaría ahí.
Pero todo se desvaneció cuando con terror logró descubrir, junto a sus piernas, algunas de las pertenencias de la niña. Ahí había estado, no había error.
Sus manos se trasladaron del piso hacia su rostro, hasta sus labios, cuando miró pausadamente las ropas de la niña colocadas sobre el suelo terroso. Había desaparecido. La madre estaba a punto de desvanecerse del horror. Era muy probable que su hija ya no
estuviera en este mundo. Y tal fue su sorpresa cuando al sostener sobre sus manos la diminuta ropa de la niña, se encontró con un polvo luminoso y dorado que cubría toda su ropa. Sí, así es.
Quiero dejarle en claro al lector, que ni yo misma sé, describir la felicidad repentina que albergó a la madre en ese momento. Al ver aquel polvo luminoso, fue una señal necesaria de asosiego, la madre al fin lo comprendía. Su sonrisa comenzaba a curvearse en complicidad. Sabía muy bien, que algún día volvería a encontrarla (como los cometas a las luciérnagas).
Su madre se dio cuenta en ese instante, que la pequeña había andado un camino mucho mejor que cualquiera en este mundo. Lo que había creído toda su vida al fin se volvía certero: Lo real, había superado la belleza de lo ideal…


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