Graduación

Inscripción
Hace 16 años, mi madre estaba a punto de inscribirme al colegio. Yo me encontraba fuera del término emocionada, estaba más que eso. Para una niña de seis años resulta emocionante pensarte fuera del kínder y comenzar a formar parte de los niños “grandes”. Y cuando pensaba en niños grandes, me refería a esos que saben escribir con tinta roja y azul, y que en determinado momento dejaran de usar el lápiz para rayar las hojas de los cuadernillos de la escuela con tintas de colores, pues son ya aptos para escribir y no tener errores gramaticales, ni ortográficos, o al menos, eso había dicho mi maestra “Lupita” – el lector debe saber que en México siempre hay una maestra Juanita o Lupita disponible- . Así bien mi madre me llevo a conocer lo que sería mi nueva escuela. Al fin sabría lo que era estudiar en un colegio de verdad. No me sentía nerviosa como la mayoría de los niños suelen sentirse, al contrario, me sentía emocionada de hacer nuevos amigos (y olvidarme de los que no les simpatizaba en el kínder anterior). Era una nueva oportunidad, un momento para renacer. El lunes siguiente (el único lunes que nunca me volverá a emocionar como esa ocasión) me levante antes que cualquier alma en mi casa y fui yo quien despertó a mi madre con ánimos para que me llevara a mi respectiva escuela. Estaba más emocionada de ver a los conejos que tenía el colegio, que de ir a las clases respectivas, después de mi primer visita supe que este contaba con una pequeña granja y tenía gallinas, garzas y cabras. Además, mi amiga Claudia, mi vecina infantil, estaría conmigo en el mismo salón así que no debía de tener miedo por si no le simpatizaba a ningún niño, ahí estaría mi confidente para apoyarme.
Sin embargo, lo sorprendente de esto fue darme cuenta que había simpatizado con varios niños y niñas de mi salón, aunque varios de ellos ya se conocían desde antes (en la corta vida de un niño ese antes se refiere al jardín de niños o kínder gaarden). En mi primer día aprendí dos cosas: Una, no debo de hablar con mis nuevos amigos mientras la maestra está hablando pues me pueden amonestar con un sello de perico en mis libretas nuevas, y dos el inicio del primer año de primaria era el inicio de una larga trayectoria de 15 años más aprendiendo en la escuela. Recuerdo bien las frases de mi maestra “Paty” cuando nos habló del conteo de años que ella tuvo que hacer para trabajar y darnos clase en ese colegio de clase media:
- En total niños, deben de estudiar 17 años más en toda su vida. Eso, si son estudiosos y constantes. Si lo logran, quizá deban de continuar estudiando, pues la sabiduría es una llama que necesita de combustible constante para existir.
Pensándolo bien, quizá la maestra Paty no fue tan poética cuando lo dijo, o quizá mi memoria quiere jugarme una jugada retórica. No estoy segura. Lo que sí puedo asegurar es que esa cifra se quedó indeleble en mi memoria desde el año de 1999 (así es, soy una chica de finales de los 90’s).
Así bien continué mis estudios en ese prestigiado colegio de mi ciudad, y conforme iba avanzando de grado procuraba superarme cada vez más. Mi madre siempre me había inculcado el valor de “buscar ser la mejor”, “destacar”, “no quedarme atrás”. Recuerdo con cariño una ocasión en que tenía pereza por aprender las tablas de multiplicar y mi madre no se encontraba con paciencia suficiente como para hacerme entender de la manera más sencilla. Así que con palabras duras- que ahora más bien me parecen las más dulces- me dijo:
-Síguela de burra y te vas a quedar atrás. ¿Quieres ver como Claudita pasa a tercer grado y tú no? Todos tus compañeros van a pasar y se van a burlar porque tú te quedaste atrás por floja.
Fueron suficientes sus palabras como para marcarme en la niñez y recordarlas hasta ahora que soy adulta. Ya pasaron 16 o 17 años y ahora, en este momento de mi vida puedo aplicarlas con la misma justeza. Mi madre no me hablaba más que de la competencia, y de lo difícil que es llegar al mundo real donde encuentras las verdaderas “tablas de multiplicar”, reto atemorizante para mí cuando tenía 8 años, reto que fue incrementándose conforme iba avanzando de grado en la escuela. Primero fueron las tablas, luego las fracciones, luego la geometría, el álgebra (curiosamente mi mayor dificultad siempre eran las matemáticas), luego entrar a una preparatoria pública, después aprobar las materias y terminar sin adeudar, luego mejorar mi promedio, trabajar para “sentirme independiente”. Hasta que finalmente llega el momento en que debes hacerte la misma pregunta con la que te enfrentaste en la niñez ¿Podré superar también este reto?
El nuevo reto, el último de todos (aparentemente y después de tanto esfuerzo) es decidir qué carrera era adecuada para estudiar. Decidir si era buena para ello, decidir que esperaba de mi futuro los siguientes 10 o 20 años. Y ahí nuevamente se encuentra la niña pequeña, miedosa de no poder superar el nuevo reto, pero aun más, con el miedo en la garganta de ser señalada por una sociedad que observa tus movimientos y que juzga si tu esfuerzo es válido o no. En esos momentos es cuando escuchas nuevamente las palabras de tu madre diciendo:
-¿Quieres ver como tus compañeros entran a una buena escuela y tú no por irresponsable?
La pregunta que todos nos hacemos es parecida a esa y estoy casi segura que todos nos la hacemos en la vida:
-¿Quiero ver como mis compañeros tienen éxito y yo me quedo aquí observándolo?
Es una pregunta egoísta, pero al final es la naturaleza humana. Nadie quiere quedarse viendo como los demás juegan partidos y los ganan, todos queremos formar parte del juego. O al menos eso me había enseñado mi mama.
En el café donde trabajaba, antes de la universidad, observaba como personas adultas acudían a reuniones ahí mismo. No estaban trabajando con sus manos como yo lo hacía, ellos trabajaban con  un arma más poderosa. Un arma que todos tenemos desde que nacemos, pero que es necesario alimentar como mi maestra Paty decía. La mente.
Yo no quería ser observadora, así que descubrí un solo talento del que estaba segura que poseía: Escribir. En qué momento creí que era buena. No podría decirlo, pero estaba segura que en los libros de ficción y en mis pequeños cuentos me encontraba segura, no era como en la niñez donde tenía miedo a no compaginar con los nuevos niños conocidos. Esta vez había aprendido a valorar la materia prima que hace que el ser humano sea humano: las ideas.
Sin embargo estaba consciente de que no sería redituable estudiar una carrera en letras (al menos eso parloteaba mi familia), en estos tiempos de crisis, lo último a lo que debes de apostarle es al arte y a las letras, eso no sirve en el mundo capitalista.
Con tristeza debía aceptar que no era buena para lo práctico, sino más bien para lo intangible. Así que tuve que buscar algo que pudiera compaginar con mis talentos. Aunado a estas barreras, también debía de afrontar las pocas opciones que tenía para que mi familia financiar mi estancia en una universidad foránea.
La universidad elegida era la más evidente y cercana, la misma que me dio mi certificado de la preparatoria: La Universidad de Guanajuato.
Ya había cumplido con el paso 1: elegir donde estudiar. Esa había sido fácil, el paso dos requería mayor esfuerzo.
Es curioso como en un momento de incertidumbre eliges una profesión. Sueles escuchar frases como “Trabaja donde te gusta y nunca trabajaras” o “Las humanidades no llevan matemáticas”. De la primera no estaba segura, y la última era mi argumento más sólido, así que busque entre las carreras de humanidades.
Cuando tienes 18 años, no piensas más que en estas cosas:
¿Soy bueno para eso?
¿En qué voy a trabajar?
¿Encajo en el perfil profesional?
¿Ganare dinero con ello?
Leí las carreras disponibles, en definitivo tenía que ser una carrera de humanidades, pues había escogido ese mismo bachillerato. Como todo adolescente, me sentía inconforme con el gobierno y a menudo me gustaba opinar sobre el pequeño conocimiento absurdo que tenía sobre Platón y algunos filósofos griegos. Me daba cierta peculiaridad destacar entre mis amigas por recordar algunos datos que me parecían interesantes y a ellas no. Además de conocer algo de literatura clásica que la mayoría no reconocía como yo.
Pensé en “Filosofía”, pero iba a ser algo similar que “Letras Españolas”, después pensé en Derecho, pero ya dos de mis hermanas lo habían estudiado y no parecía algo de lo que me sintiera en verdad atraída más allá de lo que ya entendía por mis clases. Y después leí:
Lic. En Ciencia Política
¿Qué demonios era eso?

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