La moral ignorada


Iba caminando rápido hacia su encuentro, muy en el fondo escuchaba tiritar a un pensamiento que me advertía no caer en la red de mentiras que yo misma me había hecho. Él había sido muy claro: no buscaba una relación sentimental.
De forma más precisa, lo que el buscaba era no esforzarse conmigo de ninguna forma y escoger la vía más sencilla para deslizar sus mantas sobre mi cuerpo. El racional fue el, mientras que yo estaba siendo solamente débil. Y si alguien me preguntara acerca de su aspecto, la verdad es que no era realmente el hombre por el que todas se mueren. No era una persona excepcional, ni el mejor ejemplo a la moral. No era religioso, no era afectivo, no era ni siquiera tan varonil. No tenía esa chispa que a las mujeres enloquece, no tenía gran atractivo físico. No tenía realmente mayores atributos más que una buena conversación y un gusto excepcional por la buena lectura y la música no-comercial. Creo que eso aderezaba su compañía bastante.
Tengo un afán extraño por encontrar atractivas a las personas que guardan alguna afición inusual o algo que las haga distinguirse de otras. Creo que asimismo me funciona con los libros y el arte. Soy adicta a la autenticidad, cuando la encuentro, la exquisitez que experimento y la buena empatía que surge, es simplemente deliciosa. Es tal vez por ello que no me negué a asistir a su encuentro cuando él me pidió que fuera a su departamento a “escuchar música”. Aunque el lector no debe de dudar de sus buenas intenciones, podría ser muy probable que al inicio realmente quisiera eso, escuchar solamente música y después pasear para ir a tomar un frappé o algún chocolate caliente que combinara con el mal tiempo. Tal vez al inicio, solo quería tenerme ahí para adelgazar la delgada línea entre lo que lo hace sentir solo y lo que lo hace sentir acompañado. La opción de tenerme en su departamento, en la noche, sola y recostados juntos, podía ser mucho más tentador que tan solo compartir nuestros instintos bajos.
Aun no me decido al definir, porque acepte ir a un encuentro tan obvio y aprovechado. Podría responder en un principio que tiene que ver con el hecho de que me parecía arriesgado romper tantas normas sociales en tan solo una noche. Es decir, tenía 21 años y él tenía 23. ¿Qué de malo tenía nuestro encuentro? Por supuesto que mi madre habría respondido la pregunta de inmediato, me habría dicho que mi comportamiento era de una indigna que no se respetaba a sí misma, de esas cualquieras que van por la calle sin valor. Pero fue todo lo contrario, rumbo a nuestro encuentro, me sentía libre. No había realmente nadie ahí para juzgarme más que aquella vocecita que me advertía retroceder. Es esa misma vocecita a la que llamamos: moral. Romper la moral era lo que en realidad me hacía temblar más de la emoción. La moral es esa cosa que por lo general nos hace arrepentirnos de nuestros actos, es la imposición social en persona y susurrándote al oído lo que debes hacer o lo que no. Es el susurro de un cumulo de opiniones que no escuchas, pero que te figuras poder escuchar en el futuro, después de que haces lo que sabes que no debías hacer.

Ignorando esta revolución interna, y golpeando a algunos transeúntes  con mi desfachatez de no saber caminar concentrada en las calles, finalmente lo vi ahí sentado, esperando por mí. Me preguntaba si estaba molesto conmigo, llevaba algunos minutos de retraso. Pero en realidad no fue así, me saludo y me abrazo como de costumbre, me sentía algo mareada por haber caminado rápido. Tras mi delirio usual de no lograr llegar temprano a las citas, le entregue un chocolate que le había comprado camino a nuestro encuentro (el cual quizá no me habría retrasado tanto si no lo hubiese comprado). Su cara fue bastante grata, ya que obviamente no se lo esperaba. Caminamos entonces hacia el callejón “Perros Muertos”. Cuando me dijo el nombre de callejón hice una burla boba acerca de tan peculiar nombramiento. En el camino iba imaginando cómo sería su apartamento. Me lo imaginaba pequeño y como cualquier habitación de un estudiante. Y fue así, no era realmente la gran cosa, era una habitación de estudiante. Pero a pesar de ello me sorprendió la forma en que lo tenía organizado, parecía bastante acogedor aunque no fuera un lugar excepcional. Creo que las mujeres muy en el fondo, nos gusta sentirnos superadas en algún aspecto por los hombres, y es por eso que nos atraen. Creo que ver la organización que su cuarto tenía, fue una de las cosas que me fueron encariñando con él. Lo primero que registre fueron sus libros. Tenía bastantes apilados en un pequeño rincón. No era la gran colección, pero los títulos eran atrayentes. Sentía cierta conexión con él al ver sus gustos literarios….

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